Éste año por el octavo cumpleaños de mi hijo, hemos celebrado una fiesta de pijamas. Al principio, cuándo lo planificamos, no sabía si los papás accederían. Mi hijo llevaba pidiendo que viniesen a dormir a casa tanto tiempo, que ví en éste día, el más indicado para ello. Eran sus amigos de siempre. En total, cuatro. Tres niños y una niña. Con los que juega a diario en el colegio (a excepción de la niña), y cuándo vamos al parque (al que en ocasiones sí, va la niña). Lo dije casi con un mes de antelación, para que los papás lo tuviesen anotado en su calendario. Iba a ser el mismo día del cumpleaños 22 de diciembre, y caía domingo. Estarían ya de vacaciones, por lo que no había problema de colegio. Además, mi marido estaba también de vacas, y todo estaría controlado.
Los papás nos conocemos, por lo que no había problema en ése sentido. Pero claro, dormir fuera de casa, no gusta a todos los padres. De hecho, un día antes del cumpleaños, nuevamente su mejor amigo Ismael, se puso enfermo y no pudo venir. Ya su mamá me dijo que a dormir no se iba a quedar, pero que sí vendría a jugar y cenar con ellos. Haciendo un inciso, y sin ánimo de «meterme» en la educación de los demás padres, éste niño se está perdiendo mucha diversión. Su madre, no lo lleva al parque, casi no va a cumpleaños de los amigos, no le deja venir ni a mi casa, y muchas veces le facilito tanto las cosas…Quizá haya detrás de su asma, algún problema más, pero, cómo no es mi intención dañar a nadie, debo aprender a respetar decisiones. Si el pequeño es feliz en el entorno que su madre le está tejiendo alrededor, si le está protegiendo y ella cree que es lo mejor, no soy yo quién para pensar que el pequeño está perdiéndose situaciones de su infancia maravillosas.
En fin, volviendo al cumpleaños.
Adorné por la noche con globos de su personaje favorito «mario bross» la casa. Iba a recibir más regalos y vendría la familia, así que, decidí adornar todo muy guay. Hasta las 18 que habíamos quedado con sus amigos, todavía vendrían, sus abuelos y tíos. Regalos y más regalos. Era el día de la lotería nacional, así que también fue día de ilusión por ver si nos caía el gordo (no fue así, cayó cerca, tan cerca que se trataba del colegio de mi hijo, se trataba de dos administraciones de dónde yo vivo…de localidades periféricas…etc.), fue divertida la mañana.
A las 18 fuimos al parque y recogimos a sus amigos. Mi sobrina también quiso quedarse, pero con cuatro años recién cumplidos, y nunca ha jugado a las consolas, iba a aburrirse pero que muy mucho (cómo así fue), no obstante mi cuñada insistió en que se quedase, le hacía ilusión decía, pero, es que éste cumpleaños ya era diferente a los anteriores en parques de bolas. Ahora mi hijo quiere fiesta pijamas, bolera, cine, merienda…etc. Y su hermano, acostumbrado a jugar con mayores, es uno más, pero su prima, con la que nunca han jugado a consolas, y acostumbrada a otros juegos en la soledad de su imaginación…no iba a querer quedarse a cenar, cómo así fue. Desde el parque, fuimos a casa caminando. Iban cada uno con su mochila. Contentos, entusiasmados de dejar a sus padres por una noche, y ser «mayores».
En cuánto llegamos a casa, comenzaron a quitarse zapatos, a gritar, hacerse fotos, y jugar a las consolas. A cuál más friki. Mi pequeño hijo, incluido. Es cómo digo, uno más de ellos. No había fin. Eso sí, mi marido friki mayor del grupo, supervisaba la situación, sin eso sí, involucrarse en el juego. Era más un «evitar peleas y malos rollos en un día tan especial», vigilarles. Se portaron muy bien. Dejaron de jugar para merendar hamburguesa. Y, mientras mi marido iba a por la cena. ellos empezaron a jugar a una cosa y otra pero con desorden, estaban tan emocionados…
Tras la cena, la tarta y soplar las velas. Regalos. Y vuelta a jugar a la consola.
Establecimos un tiempo, y tras éste finalizado, colocamos las camas en el comedor. Tres colchones, y mi hijo pequeño en el sofá. Vimos una película en el proyector. Les encantó comiendo palomitas y riendo. Luego, quisieron nuevamente jugar en la pantalla gigante. Sinceramente, yo me dormí. 20 minutos, pero me dormía. Ellos riendo. A la una y media de la madrugada, decidimos que ya era hora de dormir. Para nosotros. Para ellos era hora de charlas, risas y diversión nocturna.
Mi casa es pequeña, por lo que el comedor y la habitación están pegados. Les oía reírse. En una de ellas vino mi hijo «mamá les estoy diciendo que se callen, pero no me hacen caso». » Hijo, hoy es un día de diversión, quiero que lo paséis bien. Podéis hablar, sin gritar un rato más»…
«¿Qué te ha dicho tu madre?- le preguntaron- » Qué podemos hablar y divertirnos, que es nuestra noche!». Me sonreí. Pensé quiero que repitan, porque son tan bonitos.
En fin, que a las 3 de la mañana, se dormían. Creo que me traspuse, y de pronto desperté y ya no les oía.
Al día siguiente, mi hijo pequeño, a las 8 estaba en mi habitación. Tuve que entretenerle para que no despertarse a los demás. A las 11 de la mañana, por fin fueron despertándose.
Desayunaron, volvieron a jugar a modo de despedida. Y los acompañamos a sus casas. Fue una noche inolvidable para ellos. Así me lo dijo una mamá. Para mí fue también un día precioso. Ver sus caritas, oir sus risas, …¡Repetiremos seguro!!!.

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