Mi pareja dice que mi hijo tiene «mamitis» porque se agarra cual una lapa se tratara a mis piernas, o me persigue por toda la casa lloriqueando para que lo coja. Pero, no creo que sea eso.

Simplemente, ellos saben que tienen a su padre y a su madre, pero también saben quién le acurruca por las noches, quién le calma cuando llora, quién le canta para que se vuelva a dormir, quién le acuna cuando se desvela o está malito, quién le da el biberón…mi hijo, recurre a mi, cuando tiene sueño, y perfectamente sé que lo tiene porque lloriquea de una forma diferente, como de cansancio, se restrega contra mis piernas y demanda que lo coga en brazos. Acto seguido, le canto y acuno, y se queda dormido.

Es bastante curioso, cómo llegamos a conocer a nuestros hijos. Cuando apenas tenía unas semanas de vida, me preguntaba cómo podría saber si tiene hambre, sed, sueño, si está aburrido o tiene ganas de salir a pasear. Y hoy, cuando apenas queda una semana y media para que cumpla 1 año, me doy cuenta de lo que he aprendido junto a él.

Aprendo cada segundo, y muchas veces, por el cansancio acumulado, o porque damos por hecho, que es un bebé y siempre va a realizar cosas nuevas, no nos fijamos en ellos.

Queremos que aprendan a jugar solos, porque eso conlleva imaginación e independencia. Esa misma independencia, la llevamos al terreno de la alimentación y el sueño. Pero, tenemos que tener en cuenta las edades de los menores.

A mi hijo de 11 meses y medio, no puedo pretender que, dejándolo solo una hora, esté totalmente enrtretenido, sin depender de la ayuda de sus padres, nosotros. Mi hijo, necesita que le enseñemos como jugar, con qué jugar, y las horas de juego. A los diez, quince minutos, se aburrirá de lo que tiene delante, e irá a buscar a su mamá, porque se ha encontrado que lo que le entretenía ya no es novedoso, y porque de repente, se ha encontrado sólo en un cuarto, y sin nadie alrededor a quién comunicar su desagrado.

Pero, poco a poco, mi hijo, irá aprendiendo a jugar él solito. Y entenderá, que tanto su padre como yo, jugaremos con él, y nos divertiremos juntos, pero, sólo de vez en cuando. Porque, la imaginación de un niño, debe ser enorme, y para ello, debemos dejarlos que la desarrollen a lo grande.

Observo a diario a mi hijo, y veo cómo ha aprendido a coger los juguetes, y guardarlos en sus cajas. A tirar la pelota e ir tras ella, juega con los aros de colores, y ya consigue introducirlos en el cono, antes, sólo los sacaba y los tiraba. Le encanta darle vueltas y más vueltas a las ruedas de los coches, y ver los dibujos de pie, apoyado en su trona.

Con sus escasos dientecillos que deja entrever, sonríe cuando aparece en la tele sus dibus favoritos, y mirándome me sonríe cuando cada mañana bajamos las escaleras en dirección a la puerta para irnos a pasear…no, no es casualidad.

Dicen que las casualidades no existen, que existen los hechos.

Y es un hecho, que un minuto en la vida de nuestro hijo, equivale a un minuto perdido en nuestra vida, si no hemos percibido esa sonrisa.