Los seres humanos cometemos un gran error, creer que lo sabemos todo.

Decimos las cosas, y criticamos acciones de los demás. Analizamos con detalle cada conversación y forma de actuar de los que nos rodean, sin darnos cuenta que nuestras acciones y conversaciones son a veces más dañinas de lo que creemos. Dañinas incluso para nosotros mismos y los que nos rodean.

Yo misma. Critico la forma de reñir de mi hermana con respecto a su hijo. Y, resulta que yo, en determinadas ocasiones soy igual. Grito, y me pongo nerviosa, alterada.

Que también critico a los demás su forma de hacer las cosas, de ver la vida, que no me callo y que no cuento hasta 10. Pienso siempre que me van a hacer daño, y hablo y hablo. Para luego arrepentirme por mis actos. Pero, arrepentirnos de nuestros actos pasados, ya no tiene solución.

No somos ni mejores ni peores. Simplemente, nos equivocamos. Y al parecer, tal y cómo dice el dicho «somos los únicos que tropezamos siempre con la misma piedra». Y, es cierto. No vamos a negar que hay que ser críticos, que no criticones.

A veces la crítica viene por el mero hecho de no realizar las cosas cómo a los demás les gustaría. Esa crítica no constructiva, en ocasiones hace daño, pues si nos centramos en la familia, por ejemplo, cuándo estamos sólos con la pareja, se conforman con vernos una vez a la semana, o saber qué estamos bien. Pero, cuándo hay niños de por medio, la cosa cambia, y te reprochan el verlos más o menos, el que sean o no cariñosos con ellos, etc. …los comentarios a veces duelen, por el mero hecho, de no ser la forma en la que realizamos los actos un propósito estudiado, sino, las circunstancias que nos rodean.

El hecho de que el mundo que rodea a nuestros hijos haya cambiado tanto, significa para los abuelos un fracaso absoluto en la educación que les estamos dando. Por supuesto, no es generalizado. Hay abuelos que se han adaptado perfectamente al hecho de que sus nietos estén enganchados a la consola o el móvil. Que se pasen horas y horas jugando en el PC. Que ni les miren a la cara cuándo van a veles a sus casa, ó que vayan a ver a sus nietos, y éstos prefieran ver la televisión ó simplemente ausentarse.

A ellos, que han vivido sin televisión, sin móviles, sin ordenadores, sin saber lo que es un wc ó una bañera. Sin luz ni agua. Sin juguetes, ni muñecos. Sin tantos libros ó tablets. Es entendible que les cueste ver que no es un mundo cruel el que a sus nietos les ha tocado vivir, es un mundo maravilloso de nuevas tecnologías. Y, ellos no entienden el lado contrario. El de sus abuelos que jugaban en la calle.

Mi madre me ha dicho: » sé que en unos años, ninguno de mis nietos me va a mirar a la cara. No me van a visitar, ni me van a besar. Lo sé, porque lo veo ya en ellos».

Me ha entristecido mucho. A mis hijos, les inculco el valor de la familia. Pero, no puedo obligarles a ser cariñosos, cercanos o a interesarse por la vida que sus abuelos llevaban cuándo eran pequeños. Ojalá. Porque yo, sí lo haría. Y, no tuve la oportunidad. En mi caso, porque mis abuelos eran los que no me daban su cariño. Los veía una vez al año, y eso, no da para mucho. Mis hijos ven a sus abuelos, dos ó tres veces en la semana. Cuándo el colegio y las extraescolares nos lo permiten. Cuándo no tenemos algún cumpleaños o celebración que impida juntarnos los domingos, nuestro día.

Para mí, es fundamental la familia. Pero, también la mía propia, la que he creado con esfuerzo, paciencia, y mucho amor y dedicación. Y, es imprescindible crear un vínculo que una las dos familias, con un lazo invisible que las mantenga unidas en la lejanía. De tal manera que, nunca creamos que se rompe la unión, si no simplemente, que se mantiene en la sombra a la espera de que de un tirón, sepamos que nunca se ha separado.