El 23 de febrero fue el cumpleaños de MI PEQUEÑO. Al no tener todavía amiguitos de sus edad, pero sí primas, pues decidimos celebrarlo en casa con la familia. Primero vinieron mis padres a comer y luego por la tarde la familia de mi marido. No es que quiera separarles, no se llevan mal. Pero, no hay demasiada conexión. A pesar de que, mis padres y mi hermana, son educados y encantadores con todo el mundo.

El cumpleaños fue divertido. Jugaron mucho con los juguetes, merendaron, vieron dibujos, y les hice actividades con música, bailamos y realizamos juegos varios. Luego la piñata, la tarta, y otro rato de juegos. Mi hijo mayor, que tiene algo de niño pequeño todavía, los entretuvo también durante un buen rato, pero vaya, me tocó estar ahí, para que el ambiente fuese divertido.

En cuánto a éste mes, discurre más o menos con normalidad. Seguimos intentando que se siente a hacer caca en el orinal, pero a penas lleva sentado 5′ se levanta, dice que no quiere hacer, y al cabo de 5′ se ha hecho encima. Si le veo apretar, pues le digo «vamos al baño», pero a veces llego tarde. Sin embargo, de vez en cuándo me da una alegría, y hace caca en el orinal, entonces le hago una fiesta «bieennnnn».

Sigue con una mamitis muy marcada, todo es «mamá»: «mamá me pone el pijama», «mamá me hace la leche», «mamá me ayuda a comer»…etc. Y cuándo se enfada o le reñimos por algo, dice «estoy llorando, quiero a brazos», y vaya la que arma si no le coges. Evidentemente, no puedo ceder, porque si llora es porque o le hemos reñido, algo no ha hecho bien, o simplemente es una cabezonería típica de un niño de su edad, pero que hay que ignorar, hasta que se calme.

Le estoy enseñando a poner los números del 1 al 10, y algunas letras que coinciden con las iniciales de por ejemplo Papá o Mamá…Yayo, Abuela, Primo…etc. Y la verdad, se las ha aprendido muy bien. A veces, lo pillo escribiéndolas él solito en algún papel o pizarra. Le empieza a gustar leer, bueno que le lea, y que le explique las ilustraciones.

Cómo anéctoda, le tuve que realizar la primera analítica, de cara a la operación del hidrocele. Y cómo mi hijo es de despertarse muy temprano, a las 7 ya estaba en pie. Sólo quería su leche, y no podía ser hasta las 8.15 que le sacasen la sangre. No sé ni cómo pude contenerle, pobrete. Le dije que no había leche, y que había que esperar a salir a la calle cuándo se hiciese de día, y comprarla. Luego, en el médico, no fue la cosa para tanto. Se portó realmente bien. Lloró, pero no gritando ni histérico. Decía «me duele», pero la verdad, tuvimos suerte con el enfermero.

MI HIJO MAYOR. lo estoy empezando a notar algo más mimoso, no sé si celoso, porque nunca le hemos dado motivos. Pero sí, con su padre o conmigo, nos reclama mucho en cuánto a «hazme cosquillas», «juega conmigo»…Grita mucho, eso sí. Y siempre digo, que en parte es «culpa» mía. Me desespero, y pego el grito del siglo. Y quizá, en éste sentido, se está pareciendo a mí. Es cómo: «si mamá grita, pues yo también». ¿Conocéis el rinoceronte naranja?. Una mamá que gritaba mucho a sus hijos, y decidió proponerse dejar los gritos. Bueno, pues yo, lo intento cada mes. Pero, reviento siempre por algún lado.

Con su hermano ya digo que muy bien. Nunca ha demostrado celos. Ejerce en muchas ocasiones de hermano mayor con frases cómo «no, que se rompe», «que te castigo, eh?», «eso no se coge», «no llores que mamá viene ahora», «shssss, tranquilo, no pasa nada», «es que mamá ahora no puede hacer eso que le pides, espera y ahora te ayuda».

Es cierto, que hay ocasiones en las que le veo cómo un niño mayor, pero con cierto espíritu todavía de niño pequeño. Por ejemplo. Veníamos del colegio, y mi hijo pequeño se lleva la moto. De vuelta, no la quería llevar, y mi hijo mayor, me hizo el «favor» de subirse y llevarla un rato. Las rodillas evidentemente le arrastran. Llegando casi a casa, se baja y coge la moto con la mano. «¿Qué ocurre?- le pregunto- «nada, es que viene un nene y no quiero que me vea subido»- me responde. «eso no te tiene que importar hijo. Llevas la moto porque tu hermano se ha cansado y me estás ayudando, te tiene que dar igual, lo que piensen los demás» – «y, pero es que un día un nene de mi colegio se rió de mí, porque me vio subido a la moto».

Los nenes, los nenes. Cuándo acabará ésto de las burlas hacia lo que uno haga o deje de hacer con su vida.

Mi hijo necesita seguridad en sí mismo, y no soy la indicada para ayudarle. Debe ser él mismo el que se de cuenta de que tiene valores, y que lo que hace está bien a su juicio. Sentimos rechazo antes de que puedan decirnos «no». Y eso, no es bueno.

De hecho, he vuelto a tener otra tutoría con su profesora a cerca de la evolución de las frustraciones ante situaciones que se escapan de su control. Dice que llamó «cara de caca» a una compañera de clase, y luego lo negó llorando. Al ver que otro compañero había visto todo y defendía a la otra nena. Dijo «vale, pues me quedo sin recreo». Se autocastigó sabiendo que lo había hecho mal. Ante éstas situaciones, lo que ocurre es que se fragela él mismo, y esa autoculpa, le hace sentirse muy mal consigo mismo. Se siente mal por sus actos, pero afirma no controlarlos (baja autoestima).

El caso es, que me ha aconsejado llevarle a un psicólogo y que valore su actitud y nos de ciertas pautas de comportamiento.

Por otro lado, pues mira, para no gustarle la bicicleta, y casi 2 años con ruedines, por fin, has aprendido a llevarla sin ellos. Digo ésto, porque sé que todo tiene que ir a un ritmo que él mismo marca. Es muy cuadriculado, y si algo sale fuera de su control, no rige su mente, no cambia la actitud. Se encierra en sí mismo, porque no encuentra un por qué a ése cambio, o a ésa «obligación» que él nos dice de ir en bicicleta. Por poner un ejemplo.

El caso es, que hay ocasiones en las que pienso que hablar con él, no tiene sentido. Siento que no me escucha o no le interesa lo que le digo. Pero luego hay situaciones, en las que me sorprende. Quizá una tontería pero a mí, me da la vida. Por las noches, suele tapornarsele la nariz, y le enseñé a masajearla sin ponerse nervioso. Siempre lo hacía yo. Y la otra noche, me sorprendió masajeándosela él mismo. Le felicité, ya que en lugar de lloriquear y quejarse, él solito, se había relajado, y había empleado un consejo que le había dado.

A veces los hijos nos dan alegrías (cómo diría Serrat).