Voy a contar una anécdota. El otro día, veníamos del colegio, y me preguntó, al ser jueves (día en el que sabe que no hay piscina, ni actividad planificada) que qué íbamos a hacer. Le dije, «iremos a la biblioteca», pues los martes, solemos ir a casa de los abuelos aprovechando que mi marido trabaja hasta las siete de la tarde, y cómo digo los jueves, pues vamos al parque con sus amigos, biblioteca, ó salimos en familia a pasear. Volviendo a la anécdota, me dice «y, si no vamos, ¿qué haremos?. ¿Jugar a los peluches?». «Pero, también podrías jugar con tu hermano, – le dije-. «Sí, pero es que él no sabe inventarse una historia, o hablar cómo tú. -me dice- prefiero jugar contigo». «Tú hermano- seguí insistiendo- también sabe inventarse historias. De hecho, lo escucho cuándo juega contigo o él sólo, y es muy gracioso. A tu hermano, sí le gusta jugar contigo. ¿A qué juegan tus amigos?». » No sé, superzings, playmobil…No les pregunto». «Pero son tus amigos. ¿Diles si juegan con sus mamás o ellos sólos?». Se ríe y niega con la cabeza.
Así que, entiendo que sigue teniendo un poco de vergüenza de contarles a sus amigos que juega a los peluches, y que juega con su madre. Pero, me sigue involucrando en el juego. Sólo que, cuándo yo juego es tipo historia, y cuándo juega con su hermano, es tipo «hacer el loco» cómo lo llaman ellos. No cuentan nada, sólo hacen o dicen palabras sin sentido y se ríen a carcajadas. ¿ Por qué entonces, sigue queriendo que yo esté presente en el juego?. No sé si para él, jugar con los peluches es una vía de escape a su imaginación, ó es una «manía» cómo otras, un mero comportamiento ya establecido tras un largo proceso de hacer siempre lo mismo. Es decir, se ha convertido en una costumbre, cómo el comer, dormir, ducharse o ir al colegio.
Quiero cómo dijo la psicóloga, desvincularme, ir poco a poco dejando que juegue a solas con su hermano sin estar yo presente. Jugar sólo a pintar, la pelota, escondite, plastilina, y, en ocasiones con los muñecos. No por costumbre, no por manía…sino, por diversión junto a ellos.
El caso es, que tras casi tres años jugando los dos sólos y convirtiendo las historias en verdaderas aventuras, ahora toca compartir ése espacio con un renacuajo que quiere simplemente jugar. No contar historias, sino reírse y divertirse junto a su hermano.
Recuerdo los días en los que mi hijo y yo, nos metíamos en la habitación cada día tras comer. A mí, se me cerraban los ojos. Pero, intentaba mantenerme despierta para compartir ése momento juntos. Nos sentábamos en la cama, rodeados de peluches, y comenzábamos a crear una aventura. En ocasiones, hasta la dejábamos para seguir al día siguiente. Todos me decían que debía descansar, era una época complicada. Mi hijo todavía se despertaba a mitad de noche muchas veces, y yo, con mi complicado ritmo de sueño, apenas descansaba y me desvelaba. Nunca he dormido bien, pero ahora es cada vez peor. Lo malo es, que no sabía decir que no a mi pequeño, y conforme han pasado los años, sigo en esa tesitura. No sé decirle que no.
Cuándo nació el pequeño. Todavía con falta de sueño, cansada y muy desgastada mentalmente, buscaba ese ratito tras la comida, mientras el pequeño dormía las dos horas de siesta, para jugar y compartir una nueva aventura con mi hijo mayor. Contando todo ésto. Creo que ya sabemos el por qué, ahora, jugar cada día con ellos, se ha convertido en una rutina, cómo el comer. He sido yo, con mis neuras maternas de pensar que mi hijo no me querría igual, y pensaría que soy horrible por no jugar con él un día, que he convertido un momento maravilloso de imaginación, en una vivencia que mi hijo ahora ha tomado cómo algo «obligatorio» en su vida.
No hay que ser muy listo, y sabemos que todo pasará. Pero, mientras llega éste momento en el que yo ya no seré imprescindible en sus juegos, que estoy agotada. Agotada por no haber sabido parar a tiempo un momento único en la vida de padres e hijos. Empecé jugando siendo bebés. A modo de enseñanza. Me encantaba ver los progresos de mis pequeños. Ahora, mientras veo cómo crece mi hijo mayor, pienso si lo habré hecho bien. Ser una madre al 100% hace que te replantees la maternidad desde otro punto de vista. No es lo mismo que la madre que trabaja fuera y dentro de casa. Llega cada día cansada, y debe entonces afrontar el cuidado de casa e hijos. Entonces, busca complacerlos mediante otros gestos: caricias, cosquillas, ó simplemente dejándoles que jueguen sólos en su habitación. Yo, que he tenido la oportunidad de cuidarles y educarles, siempre he pensado que no debía estar cansada. Era mi «trabajo» sus cuidados. He convertido en rutina mi maternidad.
No me arrepiento. Sólo que creo que no le he dejado espacio suficiente para desarrollarse. Hablo de mi hijo mayor, porque el pequeño, parece que tiene un referente en su hermano. Espero, que siga sus propios pasos, que tenga su personalidad. Ambos espero que lo consigan. No quiero ser su referente. Quiero que exploren alternativas. Y, espero estar ahí para verlo.

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