¿Sabéis ésa parte de la vida en la que empiezas a «cansarte» de la actitud de las personas porque no la entiendes, pero al mismo tiempo piensas: «¿y si es a mí a la que no entienden?»

Mi infancia no fue infeliz, lo reconozco, pero tampoco fui una niña que sonriese a todas horas. Vivía en mi burbuja, con mi timidez, mi familia, y sin tener más amigos que un imaginario compañero que me acompañaba cada día al colegio, y volvía conmigo. Me esperaba sin quejas, a la puerta del colegio. Y cada mañana volvía a estar en la puerta esperándome para ir juntos al colegio.

iba con mi hermana, que en ésos tiempos iba todavía al colegio, y más tarde al instituto. Yo, siempre delante de ella y su grupo de amigas, parloteaba sin cesar con mi imaginario amigo (recuerdo que era chico), y lo pasaba genial. Un día, mi hermana me lo comentó, no lo entendía. Y desde ése momento, mi compañero de caminata, desapareció. Quizá le avergonzaba ser visto, y no quiso meterme en líos.

Todo ésto lo explico porque a día de hoy, mis hijos no han necesitado ése amigo imaginario. Por suerte, pocos o muchos, cada uno con su personalidad, disfrutan de unos amigos que les llenan de felicidad cuándo se juntan y juegan o charlan de sus cosas.

Quizá por eso, intento siempre juntarlos con ellos. Hablo con sus mamás, insisto en que los recojo, los invito a merendar o cenar, comer, a pasar el día, organizo cenas con los papás de los que somos amigos, y un largo etc. lleno de fiestas de cumpleaños, y paseos o parques, sólo porque yo, no tuve ésa infancia maravillosa de disfrute de amigos.

Las circunstancias, también puede que fueran otras. Mis padres trabajando todo el día, apenas tenían tiempo de mucho más que ir a recogerme al colegio por la tarde, ir a comprar, y a casa. No se llevaba ésto de los grupos de whatsApp, ni los cumpleaños en parques de bolas, o quedar en el parque con los padres de otros niños, con los que al final, haces amistad (no siempre). Todo depende de la persona, está claro.

Espero demasiado de las personas. Y, quizá la culpa sea, porque yo no he tenido una buena aceptación en el colegio, o instituto. Y, ahora, me gustaría que mis hijos, tuviesen la oportunidad de disfrutar de la infancia que se merecen. Porque cuándo crezcan y tengan edad, ya van ellos a decidir con quién ir, qué hacer, o cómo hacerlo.

Deseo un buen recuerdo de su infancia. Pero soy demasiado intensa. Me ofrezco a recoger a los niños, a darles comida, merienda y cena si hace falta. A llevarles nuevamente a sus casas. Me da igual, con tal de que mi hijo dibuje una gran sonrisa en su cara. Pero, no hay manera. Lucho con la «falta de tiempo, los padres desinteresados que sólo miran por sí mismos y su comodidad, por otro lado, padres estresados laboralmente, que sólo quieren llegar a casa y descansar, y que sus hijos hagan lo que «quieran», con el tiempo, lucho, con el tiempo».

El tiempo que pasa, y no nos damos cuenta. Me entristece. Mi hijo mayor, en un año, pasará al instituto. Y mi pequeño, el año que viene, comienza primaria. Y me da ganas de llorar, al pensar que ya a partir de aquí, la vida va a pasar muy rápida.

Mi cabeza no para de dar vueltas a diario, con aquello que podría hacer para hacer felices a mis dos corazones, de 11 y 6 años. Pero, no depende sólo de mí. Ellos también tienen sus propias decisiones. Y me encanta escucharlas.

Al final, no me acostumbro a que cada cuál tiene su vida. Y la mía no puede girar en torno a la de ellos. Tengo mi propia vida, pero parece que no la encuentro. He perdido el camino. Y, por más que intento convencerme de que estoy encontrándolo, me engaño a mí misma.

Sé que resulta insulso, que las preocupaciones diarias que yo tengo son ridículas, pero mi cabeza es así. No son las preocupaciones, sino las vueltas que mi cabeza le da a ésas pequeñas preocupaciones lo que hacen que me vuelva triste, melancólica, y tenga ansiedad.

Me preocupa que mis pensamientos, influyan en mis hijos. Que los haga dependientes de sus decisiones, cómo yo lo soy de las mías. Cada día me cuestiono qué hago bien, y qué no.

El caso es, que pienso en ése amigo imaginario, que no me cuestionaba nada, y siempre estaba esperándome, fuese la hora que fuese. Y qué un día desapareció, para no causarme problemas con la gente que no entendía lo feliz que me hacía. Quizá ése amigo imaginario (al que no le pongo apariencia), era mi yo, queriendo salir y hablar con alguien que realmente le escuchase.