He estado tanto tiempo sin escribir, que apenas sé cómo comenzar. Desde que en Marzo del 2020 comenzara la pandemia de Covid-19, ha pasado ya casi un año, dos para algunos países cómo China que ya en Diciembre de ése año, estaba al borde del colapso en contagios. Nada hacía preveer lo que iba a ocurrir en España y posteriormente en todo el mundo.

Pero, aquí estamos. Con la sexta o ya ni sé el número, de la variante de un virus que ataca cada vez de una manera diferente. Estamos vacunados, sí. La mayoría. Inclusive los menores, mi hijo de 10 años, que ya va a por la segunda dosis. Y dentro de poco, el pequeño de 5 años. No importa, al final, todos vamos a acabar contagiados. Es así, por mucho lavado de manos, desinfectante que usemos. Mascarillas, o alejarnos de seres queridos, amigos, etc. El «bicho», cómo lo llaman mis hijos, está ahí, muta cada vez de una manera diferente y causa daños a muchas personas. Aunque por suerte, en menos cuantía que cuándo todo ésto comenzó.

Es tan frustrante no saber cómo actuar con según que personas. Me reúno con mis padres y mi hermana, y no se quitan la mascarilla. Tan sólo para comer, y eso, que vivo en un campo. Decir que mis padres tienen 74 años, están vacunados, inclusive de la gripe. Pero aún así, los abrazos y besos se restringen a la privacidad cuándo estoy a solas con ellos. Con cuidado eso sí, un abrazo o beso furtivo con mascarillas. Mi hermana en parte tiene razón, son de riesgo y cualquier contagio, aunque sea leve, a ellos les puede causar daños irreparables que no me perdonaría en la vida. Pero, me da tanta lástima ver cómo mi madre me mira, o mira a sus nietos. Hemos estado un años sin besos ni abrazos. Y, ahora que parecía podíamos acercarnos, la variante número seis, nos vuelve a separar.

El caso es, que luego llega mi familia política, mi suegra reniega a vacunarse, pero no a reunirse con personas todas ellas ajenas a la familia. Mi cuñado, algunos otros primos… ya sin mascarilla, hemos estado reuniéndonos en Navidad, cómo si nada ocurriese.

También con amigos, pero eso sí, con mascarilla. Hasta los niños la usaban. Y es que ellos, a pesar de todo, son los más afectados, pero a la vez los más sensatos y obedientes. Desde el minuto uno, al menos en mi caso, mis hijos han respondido a la perfección, sin quejas ni posibles rechazos a llevar una mascarilla que para ellos, de puertas a fuera de mi casa, es absolutamente necesaria. «La mascarilla mamá», me dicen sin salir ni tan siquiera del coche.

Empiezo a estar cansada de ésta situación. Pero al mismo tiempo, ya me resulta extraño ir sin mascarilla. En grandes superficies, y ahora en la calle es obligatorio. La novedad, enseñar el «carnet» de vacunación para poder entrar en bares y restaurantes, discotecas, o establecimientos ubicados en espacios cerrados. Los no vacunados, deben ser la excepción. No se trata desde mi punto de vista de que se sientan excluidos, por una decisión que han tomado, quizá pensando que el gobierno nos engaña, nos vigila, nos «saca» el dinero, etc. Sino, porque sigan pensando sí es una decisión acertada la que están tomando, poniendo en riesgo su vida, su salud. Viendo cómo, personas vacunadas, se siguen contagiando. Se trata de dar una oportunidad a las personas que piensan que sin vacunarse son más inteligentes al resto. Los demás no somos corderos, somos personas sensatas que han decidido no pasarlo mal, en el caso de que por una de esas fatales casualidades, nos contagiemos.

El resultado de un contagio, es darte cuenta que no sólo tú, estás expuesto, sino que expones al resto de personas que te rodean. Por eso, vacunarse, supone un menor riesgo si llegas a estar en contacto en algún momento con alguna persona contagiada. Se trata de ir paliando los efectos de las variantes. Al igual que ocurrió con la gripe, malaria (que todavía persiste en países del tercer mundo que no llegan vacunas suficientes), cualquier enfermedad, aunque erradicada temporalmente de nuestro cuerpo, a un NO vacunado, a un menor no vacunado, le puede causar daños enormes, por no decir la muerte.

El caso es, que a pesar de que ya convivimos con un virus, al que le damos nombres variados, según he leído del alfabeto griego (Ómicrón es la decimoquinta letra del alfabeto griego), a pesar de que ya la mascarilla o el lavado con gel continuo, de ir con «miedo» a reuniones en parques, celebraciones multitudinarias (algunas éstas navidades canceladas), de ir a cumpleaños dónde te reúnes con personas que sólo ves en esos ámbitos y no sabes cómo se comportan fuera de ahí… a pesar de todo ello, seguimos nuestra vida: trabajo, colegios, reuniones familiares, gimnasios, compras, cine, restaurantes, cumpleaños en lugares de ocio infantil, circos, ferias, y un largo etc, que asusta. Pero, ¿qué hacemos?… Si nos quedamos en casa enclaustrados, nuestro cuerpo, mente, organismo, comenzaría a fallarnos. La mente es muy sabia, y traicionera a la vez.

Sólo sé, que algún día, mis hijos les contarán a los suyos, que durante dos meses, estuvimos sin salir a la calle a causa de un virus mortal. Y que después de aquello, nuestra vida, ya no fue igual.